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UNA NOCHE ENTRE YUPPIES DE LA BOLSA

Por: Daniel Samper Ospina15/4/2010 00:00:00
En una revista de sociedad vi las fotos de matrimonio de un banquero joven e importante, y recordé la vez que tuve que asistir a una comida informal con ese gremio.
Advierto que no sé nada de la bolsa. La última vez que un amigo banquero me dijo algo sobre el Down Jones, que hasta hace poco supe que se escribía sin la primera n, juré que me hablaba despectivamente de un hermano con retraso mental de Indiana Jones.
Digo más: para mí la bolsa de valores es una imagen extraña que a veces pasan por el noticiero, en la cual, alrededor de una especie de barra circular y elevada, se aglutinan una serie de personas nerviosas que gritan improperios y levantan los brazos según pasen cosas que a mí me tienen sin cuidado: según suba el níquel, por ejemplo, o según baje el quetzal.
Por eso, aquella vez que me invitaron a una fiesta llena de personas que, al igual que Víctor Mora, reconocían con orgullo que eran corredores, supuse que no estaba ante un evento fácil.
La cosa era en un loft gigante en Rosales a través de cuyos ventanales se veía toda la ciudad.
Cuando llegué todos los banqueros ya estaban posesionados de su papel. Unos cuantos estaban prendidos, y parecían entenderse a través de un idioma que quedaba a media ruta entre el inglés y el español. Un grupito discreto que estaba en una esquina comentaba no sé qué cosas de unos títulos y, como estudié literatura, me acerqué para integrarme. Pero de todos los títulos que mencionaron, como uno sobre la deuda pública, no había leído ninguno.
Sufrí mucho. Cuando me acercaba a un círculo trataba de comprender al menos una sílaba de lo que decían, pero nunca entendí nada. Hablaban de bench marking, de stocks. Hice la de siempre: procuré integrarme al contexto. Me reía cuando todos se reían, asentía con naturalidad cuando alguno emitía una opinión. Di lo mejor de mí para mimetizarme en todo ese ámbito de ejecutivos y por un momento, debo confesarlo, me creí uno de ellos, a pesar de los zapatos de gamuza que llevaba puestos, modelo profesor de filosofía, que compré en una promoción en almacenes Hevea, en la que por un libro de Kant regalaban un par.
Solamente una persona tuvo la maldita caridad de acercarse y, como es obvio, tratar de encontrar al cliente con ahorros que yacía bajo el periodista ordinario que tenía en frente.
- Oiga, y hablando de cosas: ¿usted cómo anda de bonos? - se atrevió a preguntarme, como si pensara en voz alta.
- Pues tengo unos de Tower Records que no he cambiado…
- No, pero digo: ¿tiene buenas inversiones? ¿Ha pensado en Nasdaq, por ejemplo?
Traté de acordarme si había pensado en Nasdaq y fui sincero:
- Sí -le respondí- Pero me parece que era mucho más emocionante la Fórmula uno.
El tipo se acomodó mejor.
- Mire: yo puedo ayudarle a que la plata trabaje para usted, en vez de que usted trabaje por la plata -me dijo con pretensiosa sabiduría.
A mí me sonó la idea: imaginaba a mis ahorros escribiendo columnas, por ejemplo, o trasnochándose en un cierre de edición, mientras yo me quedaba tranquilamente descansando en una cuenta corriente.
- ¿No ha pensado en invertir en la bolsa? -insistió.
- Pero es que Dartagnan habló hace poco mal de la bolsa -le advertí preocupado.
Y era verdad: a raíz de su colostomía, el columnista comentaba que la bolsa era algo incómoda.
- No, no: yo hablo de valores.
- Pues el principal valor que yo reconozco es la compasión, y trato de aplicarla todos los días frente a los hinchas de Millos -le contesté.
- No, hombre -me respondió con algo de impaciencia- Hablo de dinero, de inversiones. Nadie se hace rico ahorrando. ¿Qué tal un CDT?
- Pues N. P. I. -le respondí con franqueza.
- A ver si me explico mejor: yo soy analista de mercado -me contó con voz impaciente.
- ¿Y es mejor Carulla o Pomona?-le pregunté con sincera curiosidad.
Por alguna razón que hasta ahora desconozco, el tipo dio media vuelta y se fue a hablar con otra gente, mientras yo me quedaba en el más miserable abandono.
Advierto que, para no hacer la de Gómez Buendía, de alguna publicación cuyo nombre desconozco me pidieron que comentara algo de la bolsa, y de inmediato narré exactamente este mismo episodio que me ha sido imposible olvidar. Al día siguiente, para matar el desasosiego de la borrachera silenciosa que debí aplicarme, fui al mercado, cambié los bonos y me compré un título que me entretuviera. Esa noche bajó el níquel. Pero el quetzal subió y, sin tener muy claro el motivo, me sentí bien por él. •

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