NEWSLETTER

Suscríbase

Reciba en su correo nuestras noticias y entérese de lo último de los famosos.

TODO SOBRE MI MADRE

Por: 15/4/2010 00:00:00
Hay un estudio científico que afirma que una mujer que tenga hijos a la edad de Fanny Mickey, es decir, como a los 40 años, corre el peligro de que nazcan con complicaciones mentales tan serias, que pueden ocupar un ministerio en el gobierno de Uribe; si los conciben a una edad levemente más avanzada, como todo ese hembraje despampanante de señoras de 50 que van a las frijoladas de doña Olga Duque, por ejemplo, pueden incluso padecer el riesgo de ser bautizados con el nombre de Héctor Elí.
Por eso, mi consejo para todos es abstenerse de tener hijos a esa edad. O abstenerse de ir a las frijoladas. O al menos abstenerse de votar por Héctor Elí.
Sin embargo, la edad para procrear gente defectuosa también funciona al revés. Mi mamá, por ejemplo, me tuvo a mí cuando era muy joven, y no concibió un político, sino algo peor: un periodista.
Por eso esta columna es para ella.
Mi mamá es la clásica señora que fue educada para casarse y ser mamá, y desde que tengo memoria la he visto con su mismo semblante de mujer abnegada pero sonriente, a la que la vida no le salió como le habían dicho. Yo creo que el giro brusco del divorcio le produjo un desconcierto existencial que la volcó para siempre en un estado de pacífica melancolía desde el cual soporta el mundo sin quejarse y con una dulzura que no he visto en nadie más.
Sobrelleva una tristeza de fondo, sutil pero incesante, ante la cual pone siempre su mejor cara. Pese a que podría haberlo hecho, nunca ejerció una carrera; como cualquier ama de casa, no ganaba su propio dinero y no existía en el sistema financiero. Quizás ante sí misma y los circuitos de crédito no era nadie: era, simplemente, una mamá.
Y quizás haya sido necesario haber tenido hijos para que ahora me dé cuenta de que haber sido lo que ella fue, es decir, haber sido una mamá dedicada, es una dignidad superior a cualquier otra que no inspira conmiseración sino respeto.
Desde que la recuerdo, mi mamá ejerce un sacrificio silencioso pero heroico, que nadie nunca le reconoció, y que consiste en haber renunciado a sí misma. En un mundo que gira en torno al ego de cada cual, mi mamá anuló su propias posibilidades para mejorar las de sus hijos. Desde siempre se iba de lleno en cada uno de ellos, en cada uno de nosotros: y estoy seguro de que yo no sería capaz de llegar a ese extremo de callada generosidad, de entrega persistente y anónima a través de la cual ella ha dejado su mejor lección.
Mi mamá debe tener la frustración de no haber llevado una vida diferente a la de ama de casa; una vida en la que pudiera ir a una oficina, ganar un salario, mostrar que también tenía lo suyo.
Lo que desconoce es que nada es más fácil que trabajar. Esa ventilación intelectual que a uno le permite asomarse a otras personas, cambiar de tema, aprender, es una manera de vivir sin desgarros. Pero el abnegado trabajo de las amas de casa no tiene respiros ni recreos; las mamás se hunden del todo en el mundo de sus hijos, y por eso pierden el suyo propio. Por eso, ahora que veo también en mi señora el infatigable sacrificio de empujar a los que siguen, y alimentar, y cuidar, y desvelarse por ellos, sé que estar pendiente de un hijo en todo y a todas horas es mucho más difícil que manejar una empresa.
Si las mamás lo fueran por recibir reconocimiento, todas habrían matado a sus hijos. Porque, encima de todo, casi nadie reconoce la épica sin ruido a la que se someten cada día. Mientras los papás son puntos de llegada, e inspiran conflictos de los que salen obras literarias, las mamás son sosegados puntos de partida: todos cuentan con ellas, y se dejan notar sólo cuando faltan. Su incondicionalidad las vuelve invisibles. Siempre se dan por descontado. Elogiarlas en público suele ser cursi. Y nadie las felicita por la gesta cotidiana y desgastante de hacer que los demás estén mejor, generalmente a costa de ellas.
Mi mamá no ha tenido un solo día en que no sea dulce, carga siempre un dolor que no se nota, nunca dice que no. Mi mamá sufre por mí más que yo, prefiere no hacerse notar, me ayuda con mis hijas. Mi mamá nunca me ha pedido nada. Y lo menos que hizo mi mamá por mí fue haberme dado la vida. Su verdadero sacrificio fue haberme entregado la suya para que yo estuviera mejor, para que yo volara con sus alas. Esa es mi mamá. No podía tardar más tiempo en escribir todo esto.
LO MÁS VISTO