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¿SOY UN COMUNISTA DEL CHICÓ?.

Por: 15/4/2010 00:00:00
Me dio por leer los mensajes que me dejan en esta página, y veo que penden allí, como camisas secándose, unos muy estimulantes, llenos de afecto y cariño, y otros cargados de odio. Me alegran y enorgullecen muchísimo los primeros y confieso que me divierten los segundos. Nada causa más alivio que saber que hay gente que lo detesta a uno, pero se deja llevar a cabestro, como vacas mansas, palabra por palabra, a lo largo de todas las columnas que escribo. Es gente rara. Yo detesto al padre Chucho, por ejemplo, pero no lo veo. Ellos necesitan leerme para alimentar esa especie de desprecio adictivo que los obliga a seguir un artículo, en lugar de ignorarlo. Hay cosas que a uno le duelen con placer, como espicharse los morados. Deben sentir algo parecido.

Lo que me causa más gracia es que muchos dicen que soy un resentido. Y lo dicen con un resentimiento que pocas veces he visto. Aducen que en teoría gozo de una posición social privilegiada como para dármelas a estas alturas de la vida de “tirapiedras”.

Algunos piensan que soy un acomodado que posa de rebelde social. Parten de una suposición extraña y clasista: que para que a uno le parezca cursi ese sistema de exclusiones que hay en el norte de Bogotá; cursi cada club, cursi cada frijolada; cursi cada fiesta social, es necesario ser de estrato bajo.

Es decir: la única crítica posible a toda esa cursilería debe venir cargada de resentimiento social. No sean ridículos, amigos: que tenga un peso o un millón de dólares en mi cuenta de ahorros no determina el maltrato a la que la clásica señora bogotana somete a su empleada de servicio y la culera que es Cartagena un diciembre. Y no necesito vivir en la indigencia para burlarme de todos esos gestos ridículos que nos muestran a diario. Aun más: el hecho de poder estar cerca de ellos me confiere autoridad para que mi risa suene más duro.

En esos mensajes encontré uno que me llamó especialmente la atención. Un lector me decía que soy comunista del Chicó. Era un insulto que también le lanzaban a mi papá, para señalarle como incoherencia lo que a lo sumo es una paradoja: vivir en un barrio rico pero con conciencia crítica de lo que observa en él. Del amable lector me permito diferir con respeto. No soy un comunista del Chicó. Lo soy, pero de La cabrera.


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