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PASEO FAMILIAR A FINCA

Por: Daniel Samper Ospina15/4/2010 00:00:00
En mi familia quieren que alquilemos entre todos una finca para salir en Semana Santa: ¿alguien lo ha hecho? ¿han salido a una finca con toda la familia? Yo sí. Y me temo que ya sé cómo es el asunto.
Desde el mismo momento de hacer el mercado en Bogotá, más exactamente en Olímpica, porque es más barato, todo se somete a un debate eterno: hay discusiones para elegir si se debe llevar leche normal o deslactosada, gaseosa normal o dietética, y demás cosas por el estilo.
Todo es demorado. Conseguir enfilar carretera es una hazaña: pasan horas antes de lograr que todos se monten en los tres carros encaravanados que llegarán hediondos de vapor a ese lote ruinoso y con pasto crecido que en las fotos de Internet se veía como un resort europeo, y por el que le reclamarán al pobre familiar sacrificado que se encargó de organizar todo mientras los demás no movían un dedo.
Generalmente hay un cuñado varado que pide para el peaje y que no tiene equipo de carretera: es el mismo personaje que se pincha e improvisa el triángulo de advertencia con un chamizo de ramas al que le pone una bayetilla roja.
A estos paseos siempre va más gente de la que cabe; los primos deben compartir cama estrecha y dormir con los cuerpos invertidos, la oreja de uno rozando los tobillos del otro, porque alguien dice que así están más cómodos; la abuela se levanta a las cinco de la mañana y en toda la temporada uno es testigo de su deterioro. Se le hinchan los pies, se le infecta un ojo, se le baja la tensión. No se puede prender el aire acondicionado del cuarto porque le da pulmonía, de modo que al sopor de su habitación se le suma un hedor parecido al de la muerte.
El baño siempre está ocupado; alguien, que nunca confesará, ahoga el inodoro con excesivas plastas de papel higiénico; siempre hay un vello púbico, grueso y con raíz, enredado en el jabón de la ducha. Ducha que todos deben compartir y de la que rara vez sale agua: apenas un chorro simbólico que uno debe perseguir pegándose al baldosín sobre el que se escurre con desgano.
Generalmente hay un extraño, que suele ser el novio de una prima, cuyo nombre nadie se termina de aprender.
Al desagradable paisaje del desayuno de tantos familiares en piyama, hay que sumarle las actividades lúdicas de cada día. Hay partido de fútbol de solteros contra casados; un tío de 60 años, al que su esposa le advierte que no juegue, juega, le da un lumbago y acaba en el puesto de salud del pueblo. Su esposa le dice que se lo dijo. Un adulto con alma de recreacionista organiza juego de monopolio, partido de waterpolo y torneo de mosquito en la mesa de ping pong; los niños montan obra de teatro; hay un tenebroso momento de integración nocturna en el que toda la familia juega mímica.
Las tensiones son silenciosas pero crecientes. Uno empieza a odiar en secreto al pariente mezquino que llevó mercado propio y hace minuciosos y permanentes recuentos de su inventario a lo largo de toda la estadía; también al sobrinito que se baja todo el mecato que uno pagó y del cual no probó bocado. Se libran peligrosas guerras generacionales: el Jueves Santo el abuelo quiere ver Moisés, y el nieto pelea para ver monitos. Y por eso una mamá regaña al hijo ajeno, lo cual causa un verdadero conato de crisis en el que los afectados advierten que se devolverán ya mismo a Bogotá. Porque en todo paseo salen a relucir fricciones familiares que amenazan con retiradas tajantes pero acaban en llanto y reconciliación.
Todo paseo de finca incluye el deprimente plan de ir al pueblo a comer paleta y comprar el periódico; alguien siente a un ladrón por la noche que en realidad es un perro; aparece un pariente que va a quedarse de un día para otro, lleva una muda en un maletín futbolero y descuadra toda la organización. Lleva la muda, pero no lleva toalla: hay que prestarle la toalla. Y en todo paseo algún niño se corta el pie cuando va a la piscina o el dedo cuando abre un enlatado de salchichas vienesas; sobre la piel ardida a uno lo pican los zancudos; hay una colecta final para pagar la muchacha de la que el cuñado varado trata de escabullirse.
La despedida es con abrazos en medio de bolsas de mandarina. Al bobo del paseo le piden que devuelva la finca de la gaseosa antes de agarrar carretera. Y en el miserable trancón de regreso uno piensa que paseo de más de ocho días acaba con la familia.
Por eso no saldré en Semana Santa. Me quedaré en Bogotá, visitando monumentos. Lástima que quitaron el del caballo de Granahorrar. Era mi monumento favorito.
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