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¡NO MÁS CONSEJEROS ESPIRITUALES!

¡NO MÁS CONSEJEROS ESPIRITUALES!

Por: 15/4/2010 00:00:00
Uno debe ser respetuoso de la fe ajena, pero inevitablemente me desesperan las personas que hablan de energías, mezclan creencias orientales con consejos de superación personal y hacen del optimismo un hostigante sistema de vida.
No me aguanto al doctor Santiago Rojas y sus curas a base de dodecaedros, ni a Pedro Medina con su diabética retórica sobre la importancia de creer en el país y, en términos generales, me parece que toda filosofía que desprecie la duda y el escepticismo no merece mayor respeto intelectual.

Aun hoy reconozco que una de las mejores cosas de estar casado es que uno está a salvo de traicionarse a sí mismo por conquistar a una mujer bioenergética. Lo digo porque alguna vez salí con una modelo y por congraciarme con ella hice cosas de las que nunca me creí capaz. Cosas, ya no digamos como hacer yoga, sino mucho peores. Una vez, en un parque, por ejemplo, me obligó a quitarme los zapatos.
-Ahora abraza a ese árbol -me ordenó.

Dominado por su físico y sin arrestos de dignidad, obedecí de inmediato. De modo que me quité los zapatos. Y abracé un árbol, como lo hace mucha gente en el parque El Virrey. Y a la vez que rogaba para que no fuera a pasar algún amigo, estuve un buen rato en esa posición mientras me recargaba de energía. Porque, según ella, los árboles tienen energía, y si uno los abraza consigue que se la transmitan. Yo creo que muchos árboles no sólo tienen, sino que gastan energía. Sobre todo los de Navidad.

El hecho es que mientras abrazaba a este árbol me sentía como un degenerado. Hay personas, como las esposas de algunos políticos, que sienten atracción por los animales. Esa aberración se llama zoofilia. Mientras abrazaba al árbol, me preguntaba cómo se llama la desviación de desear a las plantas: ¿clorofilia?

Reconozco que me fui agarrando confianza y comencé a perder el miedo. Y a la media hora ya no sólo abrazaba a este árbol, sino que le susurraba cosas dulces, lo tomaba con suavidad de una rama, y le acariciaba delicadamente la corteza. Luego me atreví a abrazarlo por la cintura. Y al final me fui con él, con el árbol, y dejé a la modelo.

Intelectualmente creo que salí ganando, aunque la relación se secó con el tiempo. El árbol murió. Y en su memoria, planté una modelo en mi jardín.
Digo que me acordaba de mi relación con las energías de los árboles ahora que he visto que algunas personas de la farándula se están convirtiendo en los grandes consejeros de la superación personal y la onda energética.

El primero que me sorprendió fue Marlon Becerra. ¿De verdad alguien puede sentirse trascendental por hablar con un dentista que es idéntico a su nombre y que compra espacios en televisión para hacer entrevistas? No sé si lo han visto. Con cara de estar en trance, lanza preguntas de verdadero genio: ¿cuáles son tus soles?, ¿cuáles son tus vientos?, ¿qué ves en el horizonte? Y se constriñe sobre sí mismo, y cruza las piernas, y recuesta la quijada en el dedo índice, mientras Marcelo Do Santos o Jáider Villa responden con idénticas poses de grandeza.

También me dio especialmente duro ver a Jaime ‘Papá’ Jaramillo entregado del todo a esa tendencia. Lo admiraba cuando rescataba gamines de las alcantarillas. Poco a poco vi la forma en que este tipo, sencillo y bondadoso, empezaba a figurar. Supuse que la fama lo llevaría a ocupar un espacio en nuestra farándula, pero a través de algo de su dominio: montar una agencia de casting para las películas de Víctor Gaviria, por ejemplo, o para los cuadros de Gordillo.

A cambio de eso, de un momento a otro apareció convertido en una suerte de Osho criollo, con blusa blanca, mirada trascendental y pulsera energética, hecho un gurú de las radiaciones sentimentales.

Sin embargo, el caso que más me ha dolido es el de Andrés López.
Yo necesito que aparezca el responsable que le hizo la lobotomía a Andrés López.
Hace poco lo vi en el Noticiero CM& y fue un golpe bajo observar que semejante genio del humor era el mismo que ante la pantalla daba sonsos consejos de comportamiento, desesperantemente obvios, todos salpicados por unas risotadas falsas. Hablaba con un énfasis cercano al de los pastores evangélicos. Al parecer, ahora está metido a fondo en la promoción de una conferencia cienciológica para que todos crezcamos como personas.

No estoy de acuerdo en crecer como persona. Y quizás en eso era en lo que más me identificaba con el árbol con el que tuve mi relación clorofílica.
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