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LAS PEORES CONFESIONES DE MI VIDA

Por: 15/4/2010 00:00:00
En una reciente edición de la revista Semana, hay un artículo sobre un montañista sin piernas, que fue capaz de escalar la cumbre del monte Kilimanjaro. Se llama Warren Mc Donald, recibió en Colombia el premio Estrella de la Esperanza y su relato es un estímulo para todos nosotros.
Es decir, a este hombre le amputaron las dos piernas después de un accidente que padeció al escalar. Y después, con un par de prótesis de aluminio, sin amedrentarse ante su nueva condición y como una revancha ante sí mismo, coronó la gigantesca montaña africana.
Podría hacer una columna sobre esa épica personal del señor Mc Donald, porque me saldría con fluidez. Pero no puedo darle la espalda a otro sentimiento que también se me aviva cuando conozco casos de este estilo y que me dispongo a confesar, pálido de la vergüenza, ante todos ustedes.
Me sucede esto: Yo sé que el caso de este poderoso lisiado es admirable; sé que la suya es una gesta contra la desgracia, un estímulo para la vida, una inspiración. Pero no pude evitar hacerme esta pregunta infame mientras leía el artículo: ¿por qué el mundo está lleno de gestos ejemplares que, dicho con todo el respeto por él y todo el desprecio por mí, carecen de lógica?. Si este señor perdió las piernas, ¿por qué escala?, ¿por qué no rema, o juega a los dardos, o se ocupa en tantos otros pasatiempos a los que uno se puede entregar con un par de buenos brazos?. Es como los niños que nacen cercenados desde los hombros y pintan tarjetas de navidad con la boca: ¿no vale la pena hacer otra cosa?. Si no tenemos brazos, cantemos villancicos, volvámonos expertos jugadores de golosa, hagamos algo más que resaltar nuestras propias carencias.
Es un asco de confesión, es cierto: pero si no la saco para que respire, se empozará por dentro, yo me conozco, y después empezaré a ser un cínico, un desalmado, y entonces corro el riesgo de acabar trabajando para este gobierno.
De modo que lo confieso, con vergüenza, pero lo confieso: No me aguanto más a los sobrevivientes de tragedias, que le acaban clavando a uno conferencias de superación personal por no haberse muerto; no me aguanto más a los señores que sobrevivieron al accidente de los Andes, se comieron unos a otros y ahora no paran de hacer foros sobre el trabajo en equipo; no me aguanto más a Erik Weihenmayer, el ciego que escaló el Everest: ¿para qué escalar el Everest si uno es ciego?, ¿no da lo mismo ir al Cocuy?, ¿no es mejor tener un oficio compatible con esa condición, como ser árbitro de fútbol en Colombia?
Y los ex adictos. ¿Hay algo más admirable que un ex adicto, pero a la vez existe algo peor? ¿no es más soportable el ser humano bajo el efecto de las drogas, que hablando todo el día de la Virgen, de Sai baba, de Cristo, de Osho y toda esa terrible mezcla de creencias de la que echa mano para superar la abstinencia?. Más vale adicto que ex adicto: los segundos acaban sumidos en un chapoteo espiritual tan conmovedor como desesperante, que salpica al primero que los salude. Y eso es inaguantable.
En la medida en que he sido capaz de ventilar estos apestosos pensamientos, he logrado sentirme mejor. Así me pasó con los cuadros de ‘Gordillo’: esos cuadros tenebrosos, hechos a lápiz, en los que sale siempre un gamín. Me parecían tan feos, pero a la vez me daba tanto remordimiento criticarlos, que el asunto se me convirtió en un problema. Un día mandé al demonio la corrección política y dije que los odiaba, que odiaba esos gamines que salían dibujados con tanto realismo, y desde entonces soy libre. Aun más: me he vuelto constructivo, y quiero armar una alianza estratégica entre ‘Gordillo’ y ‘Papá Jaramillo’, el de la Fundación Niños de Los Andes: sería lo que los hombres de negocios llaman un gana-gana.
En el fondo estamos tan desamparados y nuestros cimientos son tan frágiles, que en cualquier momento todo se derrumba sin que entendamos nada. Pero me tomo el atrevimiento de reivindicar un derecho elemental: el derecho de creer que toda anécdota digna de ser tomada en cuenta por la revista Selecciones, es desesperante; el derecho de pensar que todo ese intento por hacer de la desgracia no un impedimento, sino una exhibición de grandeza tiene algo de forzoso; el derecho de declarar que me molestan esos casos en los que uno obligatoriamente debe admirar al protagonista por ser capaz de hacer proezas innecesarias.
Toco madera. Pido perdón de antemano. Soy el primero en darme asco. Pero lo confieso para liberarme: para asistir a mi propia historia de superación personal. •
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