NEWSLETTER

Suscríbase

Reciba en su correo nuestras noticias y entérese de lo último de los famosos.

LA BODA DE SANTO DOMINGO Y LOS QUE NO CLASIFICAMOS

Por: Daniel Samper Ospina15/4/2010 00:00:00
Es una lástima darse cuenta de que la familia Santo Domingo está tan desinformada de los asuntos del jet­set, que organizó un matrimonio sin incluir a los mejores exponentes de nuestra alta sociedad: es el colmo que a la fiesta de Andrés Santo Domingo y Lauren Davis no hayan invitado a Juan Martín Giraldo, que siempre aparece en esta Revista, generalmente subido en un caballo o una carroza; el colmo que no hayan invitado a Lolo, que se había comprado un pareo divino; el colmo que dejaran de lado a Hernán Zajar, que ya tenía una pava lista para la ocasión. Y el colmo que hayan dejado estrenando chaquetilla y depilación pectoral al matador de Corralito, el gitanillo de La Heroica, el torero Juan del Mar. Uno ve que, en lugar de todos ellos, la fiesta estuvo llena de unas señoras que nadie conoce, de unos tipos con unos apellidos que tenían más consonantes que vocales que ni siquiera han salido, ya no digamos en Caras o Jet-set, sino en Tv y Novelas. Yo al menos me quedé con el esmoquin que me había prestado Eliécer, un mesero de confianza. Ya lo había mandado a planchar y todo. Y en la medida en que se acercaba el día me ponía más nervioso: bajaba temblando a la portería con cualquier excusa para ver si me había llegado la invitación; no decidía cuál de los regalos que me dieron en diciembre iba a reciclar. Al final me quedé rumiando la tristeza de no haber clasificado al matrimonio del año (en caso, claro, de que en los meses que quedan no se casen Martha Senn y Juan Sebastián Betancur, o Esteban y Valentino Cortázar, aun entre ellos). Supongo que muchos quedaron tan plantados como yo: supongo que a Ángela y Rafael Mora los dejaron con un shower de cocina listo; que Cristian se quedó con las ganas de ofrecer un carro antiguo para que la novia tuviera en qué llegar a la iglesia; que Madame Rochi envió un portafolio para que le recibieran a alguna de sus niñas como meseras; que Amparo Peláez y Amparo Pérez ya se habían comprado un vestido cómodo, elástico, que les permitiera disputarse ferozmente el ramo de la novia; que Lulú, José Gabriel, Nora Trujillo y otros amigos ya habían decidido armar grupo para dar un buen regalo en conjunto, por ejemplo, la lavadora, en lugar de inútiles bandejas de plata. También supongo que después de mucho esfuerzo a Fanny ya la habían despertado de esa siesta profunda que se estaba echando mientras la masajeaban, y le habían barnizado el pelo de una discreta henna verde biche para que no encandilara a la hija de Bush y a todos esos gringos albinos que nos quitaron el puesto a los que sí hemos debido estar allá; que Carlos Mattos se ofreció a poner aire acondicionado ya no en la iglesia, sino en la calle, en las murallas, en algunos sectores del mar: se lo perdieron, quién los manda a no invitarlo. Me parece estar viendo a las Lara pasar por Argenta, pendientes de que ya hubiera lista, para no llegar de últimas cuando generalmente quedan los regalos caros. Martha Lucía Ramírez ya había ido al Balay, en búsqueda de una artesanía, ojalá chiquita y fácil de llevar por lo que los novios viven afuera. Pinchao también creyó que clasificaba y había mandado brillar las medallas. Dilian Francisca ya le había mandado quitar el moño al vestido para que no se la fueran a montar. Alfonsito Gómez, Adriana de Zubiría y otros amantes del vallenato, pensaron llegar en chiva, para impregnar de ritmo a todos los invitados. Los hijos de Uribe, acompañados de un combo en el que brillaban la Flaca Montoya y Sandra Célis, estaban listos a promover un after party en la playa de Las Américas después del matrimonio, con un Dj que como todo Dj que pasan por acá es el mejor del mundo. Resulta increíble, por ejemplo, no haber invitado al único colombiano que vive en Cartagena y tiene esmoquin tropical: hablo de Raimundo Angulo, que al parecer estuvo vagando en pleno centro histórico, con las manos en los bolsillos y la mirada baja, mientras pateaba tarros y esperaba el milagro de que alguien apareciera con su invitación. Milagro que no le sucedió nunca a él, pero sí a Noemí: fue allá y chapoteó en un inglés precario, parecido al que nos enseñaron a los del Moderno, con unas personas a las que nunca reconoció porque no lee ¡Hola!. En fin. Así es la vida. Que después este joven Santo Domingo no se queje si alguien de nuestro jet­set se casa y decide no invitarlo a la boda.
LO MÁS VISTO