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INSTRUCCIONES PARA MI FUNERAL

Por: 15/4/2010 00:00:00
Cada vez que tomo en mis manos una revista como éstas, me surgen las mismas preguntas: ¿qué tipo de lagarto necesita ser uno para organizar una reunión y llamar a que la cubran? ¿Cuál es la obsesión de dejar constancia de que uno se puso a tomar trago con un poco de gente? ¿Qué pasa si uno hace una fiesta de pareos, por ejemplo, y la cosa se queda entre amigos? ¿Por qué creen que posar en un almuerzo, en lugar de exponerlos a un oso terrible, les sube el estatus?
Nunca me he podido explicar eso, pero hace unas pocas ediciones revisé en esta misma revista algo que me parece aun más absurdo: y es que ahora cubren los entierros como si fueran cocteles. Es decir: que si uno se muere, como le sucedió a Leonardo Salvati o a Jaime Sanín, corre el riesgo de que al entierro vaya Lulú Bernal, un fotógrafo haga retratos de gente sonriente a la salida de la misa y bajo las fotos escriban comentarios sobre qué tan puntual llegó uno, o qué tan elegante estaba vestido.
No pienso pelear contra eso, sino todo lo contrario. Quiero hacer de mi entierro una cosa taquillera, digna de clasificar en las revistas de sociedad.
Por eso pido, primero que todo, que la organización del cortejo fúnebre corra por cuenta de Ricardo Leyva, el mismo que trajo a Alejandro Fernández.
Pido que las coronas corran a cargo de Marlon Becerra, que tiene el mejor gusto de todos y que es especialista en eso: en coronas. Y en calzas.
Para estar en sintonía con lo que se ve en las páginas sociales, pido que asista Juan Martín Giraldo montado en un caballo; que Poncho esté en la entrada de la funeraria haciendo chistes; que Jean Claude mande su silueta de cartón; que Estela recite; que haya champaña por si Cristian aparece; que contraten a un grupo de jóvenes de gafas oscuras, que fumen a la salida de la sala de velación y le den un toque cool al asunto. Si hay presupuesto, pueden contratar a Lolo, Jero, Rony, y gente semejante. Si el presupuesto no es muy holgado, entonces a los hermanos Cardona, que también figuran, pero que son de un cortecito criollo y pueden salir más económicos.
Si Juan del Mar va, que sea en tanga; si Raimundo va, que sea en guayabera; si José Gabriel va, que sea en falda escocesa. Como director de Soho, quiero que haya mujeres con escote. No muchas. Me basta, incluso, con una de las dos Amparos. El problema es que no sé cuál es el apellido, pero es fácil de identificar porque a sus 60 años anda siempre con una pechuga al aire, henchida y pecosa, que parece estar a punto de romper el vuelo.
Me gustaría también que contrataran a algunos políticos, previa advertencia a los invitados para que si se pierden algunos objetos de valor nadie le eche la culpa a la funeraria. Me gustaría, por ejemplo, que al ministro Holguín lo instalaran en el sofá de la velación, al lado del ataúd, sin irlo a despertar.
Quiero mucha creatividad: si el organizador no es capaz de alquilar a unos políticos que le den altura a la cosa, tipo Armandito Benedetti, Martha Lucía Ramírez, y otros que salen en sociales, entonces que inviten a Rafael Mora y escriban en el pie de foto que era Miguel Uribe o Alonso Lucio. También sería atractivo que fueran John Frank Pinchao y Luis Eladio Pérez, siempre y cuando se comprometa a guardar silencio al menos durante la ceremonia.
¡Ah!: y la ceremonia. Creyente, como soy, exijo misa larga. Si no alcanza el dinero para contratar a un cardenal, el padre Rozo es buena opción porque sale más barato: viene en combo, con los monaguillos incluidos.
No quiero una cosa colorida, de modo que si Fanny Mikey decide acompañarme, pido con respeto que se ponga una pava que le cubra el pelo; esa pava se la puede alquilar a Hernán Zajar, que seguro va hasta el cementerio. Como tampoco quiero que haya llanto ni grandes emociones, espero que las palabras las diga Rafael Nieto.
Hay dos opciones: que me embalsamen o que me cremen. Si me creman, pido que boten mis cenizas en el festival de Valledupar porque sólo muerto y triturado iría de nuevo a tomar whiskey, comer chivo y oír vallenatos desde por la mañana, con un poco de cachacos tan aburridos como yo que atiborran las páginas sociales por esta época. Si me embalsaman, en cambio, pido que mi cuerpo yazga en una frijolada de doña Olga, junto con los otros restos a los les han cumplido esa misma voluntad final y que vemos mes tras mes. Que así sea. •
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