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HIJA O CLÁSICO

Por: 15/4/2010 00:00:00
Tengo el siguiente dilema: el día en que nace mi segunda hija se jugará el
clásico entre Santa fe y Millonarios.
No es un clásico de esos a los que uno va por responsabilidad con el equipo,
a sabiendas de queseguramente perderá. Nada de eso. Este clásico se abre en el horizonte como una venganza feliz, histórica, justa, porque Santa fe parece un aluvión ante el modesto equipito azul.
Desde ya me imagino las ráfagas de Mosquera, los corrientazos de Toloza y el
temible bombeo de Léider, todo volcado en simultánea contra la simbólica defensa de Millos. Y no quiero ser triunfalista. Pero tampoco pecar por falta de precaución.
Por eso, desde hace un tiempo pagué un tiquete con destino a Tokio. Les recomiendo a todos los hinchas que lo hagan ahora. Es una opción más económica que comprarlo sobre la fecha, instantes antes de que el equipo juegue la final de la Intercontinental de clubes y Jairito Suárez le demuestre a Van Nystelroy quién es el dueño de esa banda.

Pero eso será más adelante. Antes hay que transitar un periplo en que el equipo tendrá que jugar con otros menos preparados. Y en esos partidos de rutina conseguiremos que la victoria deje de ser un frío gesto cotidiano cuando enfrentemos a nuestro rival de siempre: al grotesco azul de la tribuna norte, los innombrables a quienes humillaremos como pocas veces.

Mi hija nacerá ese día, digo. Y el par de amigos a los que les he consultado si debo o no ir al estadio coinciden en decir lo mismo: que si estoy loco.
Que ya no tengo corazón. Que si soy acaso un irresponsable. Y que como se me
ocurre siquiera pensar en no acompañar al equipo.

Reconozco que su análisis, que no es propiamente parecido al de mi esposa, tiene algunos puntos inobjetables: mis amigos me dicen que una hija nace cualquier día, pero que la oportunidad de acompañar a este Santa fe, a este concretamente, que por primera vez en mucho tiempo cuenta con todos los elementos para pulverizar a la chusma de Millos, es una responsabilidad histórica.

Y me tientan, no digo que no: quién puede negar que me tientan. Tienen razón a veces. Uno puede encargar otra hija, por ejemplo; en cambio organizar una nómina, pulirla, conseguir que un volante de creación se entienda con dos delanteros, y estos entre sí, no es nada fácil. El milagro de la vida es química pura: unos fluidos que se juntan en un momento determinado y germinan. El milagro del santa fe, en cambio, es más que eso: no es química sino técnica, emoción, goles, poesía.

El parto de una hija es muy emocionante, no voy a decir que no. Pero es que Santa fe es el resultado del amor, la prueba de que dios existe.

De modo que me enfrasco en una indecisión difícil. Ver que la niña sale de las entrañas propias de la mujer de mi vida, y sentir que está ahí por culpa nuestra, y recibirla y abrazarla, es una sensación casi única, quizás superior únicamente a recibir al equipo cuando busca la luz en el túnel y se precipita en desorden hacia la cancha mientras ondean las banderas y la gente grita.

Nadie niega que asistir al nacimiento de una hija es uno de los momentos más hondos de la vida. Pero hay que ver cómo está de bien de Léider. Y la familia se reúne como nunca en torno al evento. Y Toloza: lo que está corriendo Toloza. Y uno siente que la muerte es más leve cuando tiene un hijo; que por primera vez hay un peso existencial que cambia las cargas para siempre. Pero lo mismo pasa cuando uno gana un clásico, seamos francos: la vida cambia para siempre.

El doctor Fabio Quijano, gran hincha del Santa fe e insuperable ginecólogo de la clínica que tiene el nombre más bonito del mundo, es demasiado profesional como para que me atreva a pedirle que anticipe o posponga el parto. O para rogarle que lo haga rápidamente en el intermedio.

De modo que ese es el dilema.

Y creo que, después de varias noches en vela, ya lo resolví.

Querida hija que estás por nacer: he aquí la ofrenda de amor más grande que puedo darte. Estaré contigo ese día y que se pudran los demás. Estaré contigo, y que no me jodan mis amigos. Te daré la bienvenida de primeras, antes que nadie, y esa será mi manera de decirte que tu nacimiento de nuevo le pone alas a mi vuelo cansado. Y que te he estado esperando con tu mamá con un amor del tamaño de la esperanza que tenemos en ti.

Seré tu incondicional desde el principio. Acostúmbrate desde ya a verme en los momentos más hondos que te sucedan: buenos o malos. Nunca te fallaré, dalo por hecho. Nunca te fallaré, y esta es la prueba. Y el día que nazcas, allí estaré contigo, hija mía.

(Siempre y cuando transmitan el partido).

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