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EN EL NOMBRE DEL NOMBRE

Por: Daniel Samper Ospina15/4/2010 00:00:00
Todo empezó cuando mi señora tuvo un retraso. Pero no como el que uno pensaría que padece el ministro Holguín, por ejemplo, sino un retraso, retraso: una demora de tres días por culpa de la cual compramos una prueba de embarazo que dio un resultado positivo. Como estamos en la era del ministro Santos, supuse que se trataba de un montaje: es decir, de un falso positivo. Por eso decidimos ir al ginecólogo, el inigualable doctor Fabio Quijano, para que nos comprobara la noticia. No solo es cierto nos dijo el doctor mirando hacia la pantalla del ecógrafo, sino que parece que es un niño. ¿Y se puede saber tan rápido lo que va a ser?, le preguntó mi esposa. ¿Ve esa mancha que titila?: es el corazón dijo con seriedad. Y las mujeres no tienen corazón.
 
Mientras regresábamos a la casa con una sonrisa feliz, mi esposa ya estaba pensando en un rosario infinito de nombres. Si es niño, ¿le ponemos Daniel?, me preguntó, como quien tira una sonda. Si es niño le respondí, le ponemos como sea, menos Daniel. Prefiero Jáider. No me gusta mi nombre por una razón sencilla: porque no es sólo mío. Ha subido como una enredadera en el árbol genealógico de mi familia, y las mismas sílabas con que me reconocen han servido también para llamar a mi bisabuelo y a mi papá. En esa tradición patética hay un sedimento monárquico francamente cursi: hay tías que me llaman Daniel Tercero, como si no se refirieran a este servidor nacido en la meseta cundiboyacense, que a duras penas llega a fin de mes, sino a una especie de rey austriaco que se las sabe todas. ¿No te gusta Daniel?, me preguntó. No, le respondí con tono filosófico. Hay que ponerle un nombre que sea solamente suyo, que no sirva para que lo confundan, sino para que lo distingan, y que esté libre de las cargas que puede heredar de sus homónimos. ¿Entonces qué hacemos?, volvió preguntarme.Pongámosle Ernesto. Caímos en la trampa de pensar en nombres que a la vez fueran homenajes secretos a las personas que admiramos. Hagámosle un homenaje a Preciado, le propuse a mi esposa. Buena idea: pongámosle Alberto, para que, de paso, se gane su buen regalo. No, no: hablaba de Léider. Como el goleador. Luego nos guiamos por los significados. Así evitamos trampas elementales, cosa que no hicieron los padres de cuanta niña se llame Catalina, por ejemplo: ¿saben lo que significa Catalina? Busquen en el diccionario de la Real Academia.
Mira este significado tan lindo me dijo mi señora mientras husmeaba en un diccionario de nombres: "El que es esclavo del Mesías". Me niego a ponerle José Obdulio, reaccioné airado. (Y eso que no lo digo por los azarosos vínculos familiares: finalmente Pablo Escobar no tuvo la culpa de cargar con semejante primo).
Poco a poco llegamos a terrenos firmes: nos gustaba Joaquín por todas las razones anteriores. Su significado no era malo (quiere decir "Dios verá", de manera que reconoce que Dios está ciego) y así se llama Sabina, mi cantautor de cabecera.
Con la certeza de ponerle ese nombre, fuimos a una nueva cita con el doctor Quijano. Ya el bebé estaba lo suficientemente crecido como para que supiéramos el sexo. El doctor detectó el género sin mayores tropiezos. Si me permiten la burda metáfora, entre las piernas de la criatura se veía una hamburguesa; no un perro caliente.
Me pareció una gran noticia: siempre he preferido las mujeres a los hombres, en todas las circunstancias. Tener dos hijas, además, abre las posibilidades de que busquemos el varoncito más adelante, por ahí en unos 30 ó 40 años. Lo único malo es que, pase lo que pase, no le vamos a poner Joaquina, y de nuevo estamos sin nombre.

Mi papá quiere que le pongamos Monserrate, para que le haga compañía a su hermana, Guadalupe. Yo no, porque me da angustia que bajo esa lógica terminen estudiando en Los Cerros, un colegio del Opus Dei del que sale gente tan aburrida que podría llegar a trabajar en este Gobierno. Por eso, querida hija, a cambio de no saber tu nombre todavía, te ofrezco el cariño con el que te esperamos. Ojalá tengas una vida maravillosa; ojalá vivas tan a fondo, y con tanta felicidad, que no le dejes sino unos huesos flacos a tu tumba; ojalá recuerdes que este 2008 que comienza es uno de los años más felices de nuestros días gracias a que viniste tú. Todo hijo es una victoria contra la muerte. Por ti ,todo será mejor y más liviano; nuestros días tendrán mayor sentido; no habremos pasado tan en vano por este mundo triste que se alumbra contigo.




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