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Defensa de la fidelidad

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Recordamos esta entretenida columna de Daniel Samper Ospina, publicada en la edición 141 de Revista Jet-set, en el año 2008. Descubra cómo defiende él la devaluada fidelidad.
Daniel Samper Ospina. Foto: ©Zizza/07.
Por: Daniel Samper Ospina15/4/2010 00:00:00
Voy a empezar con un triste reconocimiento: en este país de réplicas, en el que Juan del Mar es una especie de Antonio Banderas, Dago García es la versión nacional de Steven Spielberg y José Gabriel Ortiz hace las veces de David Letterman, para el común de la gente yo vengo a ser una suerte de Hugh Hefner criollo.

Como soy director de Soho, una revista a la que muchos han bautizado como la Playboy colombiana, la asociación es fácil: creen que en mi oficina hay un jacuzzi humeante repleto de modelos de 22 años dispuestas a todo, y que soy más promiscuo que un cocker spaniel.

Lo peor de esa creencia es que ni siquiera me toca lo bueno: en mi trabajo no suelo hablar con las modelos, sino con sus representantes, y me la paso en un escritorio pidiendo artículos y bregando para que me los entreguen.

Confieso que detesto semejante fama; que nada se compadece menos con mis aspiraciones que las de parecerme a Hugh Hefner; y que lo que más valoro de mí, así parezca un vulgar impulso de recién casado, es que soy una persona fiel: o al menos lo suficientemente insegura y perezosa como para que a estas alturas de la vida encuentre francamente insoportable empelotarme en un hotel de tono menor, un martes a las once de la mañana, con cualquier compañera de trabajo a la que no le tengo la confianza que me sobra con mi esposa, bajo la angustia de irme a encontrar con algún conocido a la salida. O de hacer lo mismo, pero con una diva tipo Amparo Grisales y la angustia aun más grave de que, en efecto, no me encuentre con nadie.

Soy orgullosamente fiel. Y no por las ventajas morales de serlo; aun más, lo soy a pesar de ellas, porque si algo me aburre de mi propia fidelidad es que por su culpa puedo compartir características con un montón de gente gris: siempre he creído que doctores de la patria a los que nunca me quiero parecer, tan untados de Opus Dei como de uribismo, no son solamente muy aburridos, sino tediosamente fieles. Por lo menos de dientes para afuera.

De modo que mi fidelidad no tiene ningún asidero moral.

Soy fiel primero que todo por guardarle un homenaje modesto al amor cotidiano, el de todos los días, desgastado por la rutina pero a su vez alumbrado por ella, que es el único real. Hablo del amor que aprendió a alternar pacíficamente la subida y la bajada de la tapa del inodoro; que comparte el periódico sobre una cama destendida; que no huirá si el cáncer llega. Y en el que uno no tiene nada que fingir.

Es un amor que sólo exige un pago: el de ser fiel para no traicionar la profunda amistad que también lo habita. No cambiaría la honda y quizás poco notoria felicidad de ese amor ordinario y reposado, por la colorida pero fugaz precipitación de un buen desliz.

Pero hay más razones para defender mi monogamia: aparte de la deliciosa comodidad que significa sentirse por fuera de la competencia, y poder ver una buena película en la cama, con la señora de uno, mientras otros exponen lo mejor de su repertorio en un restaurante escondido ante una mujer que los pone nerviosos y a la que no le tienen confianza, aparte de eso, digo, soy orgullosamente fiel por mezquinas razones perezosas.

Para ser infiel es necesario cuadrar logísticas, cotejar versiones, entregarse a agotadores ejercicios de disimulo. Para ser fiel, en cambio, no es necesario hacer nada. Uno se queda viendo fútbol en la casa, y ya está siendo fiel.

Esta defensa de la fidelidad, que advierto haber escrito antes en otros medios, tiene un argumento adicional que no había mencionado: y es que a pesar de que me siento una persona libertaria y progresista, cada vez le cedo más terreno al godo que hay en mí y hoy por hoy reconozco que quiero llegar a grande pareciéndome a Alberto Casas. Hugh Hefner es un lobazo, que envejece entre batas de seda como cualquier mafioso. El ejemplo de Casas, en cambio, tiene más lírica: prefiero irme arrugando entre hijas y nietas, leyendo poesía hasta que no pueda más. Y con la gloria de haber estado enamorado hasta la muerte de la misma mujer, maravillosa y única.

Ahora bien: aunque defendiendo la fidelidad en mí, no persigo la infidelidad en los demás. Cada quien verá qué hace. Incluso soy solidario con el gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, y de su historia lo único que considero escandaloso es la tarifa de la prostituta: cinco mil dólares es un robo. Pero a instantes de que nazca mi segunda hija, me siento pleno al reconocer que me basta este amor habitual, de marinero en puerto, para ser feliz en la misma casa, en la misma cama. Y con la misma mujer, maravillosa y única.
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