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COLUMNA JET- LAG

Eventos

En la pasada edición de esta revista pude ver unas fotos bastante impresionantes. En una frijolada de doña Olga Duque de Ospina, aparecían todos esos invitados que parecen muñecos de cera, posando con una sonrisa de yeso mientras miraban a la cámara.
Por: Daniel Samper15/4/2010 00:00:00



COLUMNA JET- LAG

PUBLICADA EN LA EDICION No 130

PINCHAO EN UNA FRIJOLADA

En la pasada edición de esta revista pude ver unas fotos bastante impresionantes. En una frijolada de doña Olga Duque de Ospina, aparecían todos esos invitados que parecen muñecos de cera, posando con una sonrisa de yeso mientras miraban a la cámara. Estaban los clásicos. Pero inesperadamente, en una de ellas, flotando como un grumo en medio de la aristocracia criolla, sin entender muy bien lo que pasaba, salía John Frank Pinchao.

Pinchao fue este valiente policía que logró fugarse de la guerrilla, después de haber estado secuestrado por más de ocho años. Durante todo ese tiempo padeció enfermedades, sobrevivió a aguaceros, se sobrepuso a innumerables tormentos sicológicos y creyó que se moría varias veces. Sin embargo, faltaba lo peor, y es lo que vemos en la foto: que después de tanto sufrimiento le tocara ir a una frijolada. Es decir, ¿no es una infamia sobrevivir a tanta angustia para terminar en una sala anticuada hablando con ‘Pum-Pum’Espinosa, rogando para que Junior Turbay deje algo de almuerzo, cruzando los dedos para que José Obdulio no se siente al lado a hablar de las virtudes diplomáticas de su hijo, y corriendo el riesgo de que a doña Amparo Canal se le ocurra recitar esos poemas profundos que escribe bajo la franca influencia de Jorge Luis Borges, como aquel que dice "Eres mi amor, mi cómplice, mi todo/ Eres mi todo, mi todo y mi todo"?

Me imagino a Pinchao entrando al apartamento y sintiendo esa especie de tensión que produce ingresar a un ambiente en el que uno no conoce a nadie; me lo imagino deambulando por entre los corredores, aterrado de estar donde está, de no ver una cara amiga, mientras finge que habla por celular como para no sentirse tan desorbitado: como para no sentirse tan huevón. Supongo que los miembros de cada uno de esos círculos lo ven con desconfianza mientras se enteran de que, cómo no, es el muchacho que se les fugó a las Farc: el personaje pintoresco que sirve para sazonar ese tipo de almuerzos, y que a veces es un torero, un boxeador o un cantante, pero de cualquier manera un negrito pobre al que le pasó algo lo suficientemente extraordinario como para clasificar a la dicha de ver al jet set de cerca, codearse con unos políticos y salir en unas sociales, al menos por una vez.

¿Cuántos whiskeys le pidieron los que pensaban que estaban hablando con un mesero vestido de civil? ¿Cuántos personajes lo mandaron a comprar cigarrillos, bajo la confusión de creer que estaban hablando con el escolta de alguno de los invitados?
Me imagino que con un par de tragos el subintendente tomó el impulso que le faltaba para tratar de integrarse a algún ambiente. Si trató de ser soluble a uno de esos grupos de senadores gordos y ministros desocupados que van a echar carreta cualquier jueves en vez de estar trabajando, la conversación debía ser la misma: Pinchao debía asentir aunque no entendiera nada, mientras toda esa gente hablaba de votos.

De modo que debió tratar de buscar otro grupo y caerle a esa serie de señoras refinadas que yacen bajo las espesas capas de maquillaje que las sepultan. Pinchao debió asentir aunque no entendiera nada, mientras toda esa gente hablaba de botox.
Y eso que, como es un ejercicio de la imaginación, no estoy suponiendo que en el sopor de la sobremesa, sobre el hombro de Pinchao el ministro Holguín se haya descabezado una siesta profunda y visceral, como las que a ratos toma en el Congreso, mientras el subintendente se quedaba quieto para no irlo a despertar.

Así se le debió de ir esa extraña tarde: de trago en trago mientras las horas pasaban, prendían las luces y la noche se desgajaba a fondo. Pobre Pinchao: nunca debió entender por qué servían tan tarde unos pinches fríjoles, ni para qué usaban tanta parafernalia de cuchillos y tenedores de plata ante unos chicharrones; también le debió costar trabajo entender los chistes de Poncho, los comentarios del embajador de algún país de Centroamérica que nunca falta y las recomendaciones de alguna viuda de ex pre
sidente, sin las que tampoco hay frijoladas.

Creo que a los héroes de guerra deberían, si no darles una pensión, al menos garantizarles que no serán usados en eventos sociales. Garantizarles que el Estado los salvará de asistir a frijoladas, fiestas de disfraces, matrimonios temáticos, cocteles y demás pendejadas que se inventa nuestro jet set. A protegerlos de todo. De todo, de todo y de todo, si me permiten copiar el estilo literario de doña Amparo. •



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