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Por una religión menos aburrida

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Recordamos esta entretenida columna de Daniel Samper Ospina, publicada en la edición 140 de Revista Jet-set, en el año 2008. Descubra cómo defiende la cruzada para que la religión católica deje de ser "tan aburrida".
Daniel Samper Ospina. Foto: ©Zizza/07
Por: Daniel Samper Ospina15/4/2010 00:00:00
Se avecina una vez más la Semana Santa, y es el momento de iniciar una cruzada para que la religión católica deje de ser tan aburrida. Digámonos la verdad: ¿puede haber algo más tedioso que una Semana Santa? Digo: ¿pasa algo si uno come carne, si uno no tiene que ver películas viejas sobre la vida de Moisés, si no lo obligan a uno a sentirse mal los viernes por la tarde?

Hago una humilde reflexión: para conmemorar la hora exacta de la muerte de Cristo, ¿qué sentido tiene rezar el viernes a las tres de la tarde si la hora local colombiana no coincide con la de Jerusalén? Y hago, por último, una solicitud: los jueves por la tarde, ¿no es posible que si uno ya ha visto monumentos, como el de los Zapatos Viejos en Cartagena o el de los Héroes del Pantano de Vargas, quede eximido de ir a visitar los de las capillas? Es que, de verdad, el periplo de pasar de iglesia en iglesia para ver unas velas extra que titilan en un altar no suele ser muy emocionante.

Estoy aburrido del temperamento gris de la religión en la que crecí, y en cuyos maderos está extendida mi formación sicológica. Estoy aburrido de sobrevalorar el sufrimiento y sentir culpa por cualquier cosa, de creer que sólo después de la muerte se puede gozar, de notar que algunos sacerdotes se meten en la cama de los demás para censurar lo que no les compete en unos casos, o para invitar niños en otros. Pero lo que más me aburre de la religión que me dieron ni siquiera es el fondo, sino la forma: la estética.

¿Por qué hay tanta vocación al desaseo, a lavar pies ajenos, a untarse barro en la frente? Y hay que ver la belleza femenina. ¿Por qué no hay beata sin papada, por ejemplo? Y las monjas. No pido que haya una monja bonita, ni siquiera que haya una monja joven, que ya sería bastante: pido que haya una monja, al menos una, sin bozo. Toda monja tiene bigote. Y todas montan en avión. No me he subido al primer avión en el que no haya una monja.

Es una religión opaca. Alguna vez, en épocas colegiales, trataron de que creyera lo contrario y a los de mi curso nos organizaron un retiro espiritual dirigido por unos jóvenes creyentes, chéveres y flexibles según nos dijeron, con los cuales íbamos a entrar rápidamente en confianza y nos iban a aconsejar sobre nuestras relaciones. El consejo, claro, era que debíamos evitar el gustico, como dice Uribe.

Bien. Propongo que prohíban los retiros espirituales. ¿Han ido? Para empezar siempre quedan en Cachipay o alrededores, en alguna finca increíblemente lejana que pertenece a la organización religiosa. Sin falta dan insípidas plastas de pasta con pollo. Nunca hay agua caliente en el baño. Y los tales líderes juveniles suelen ser unos tipos de saco de rombos y mocasines, una especie de Fernandos Londoños en miniatura, forzadamente joviales, que como gran ejercicio espiritual prenden una hoguera y hacen que uno y los demás adolescentes enciendan una vela, mientras ellos cantan, guitarra en mano, presos de la excitación, una canción que se llama Como agua caliente.

En Semana Santa las señoras de alta sociedad ejercen la piedad con el ejemplo: compran salmón fresco para la familia, y sardinas en lata para las empleadas; el sermón de la misa se extiende más que un consejo comunal y al final nadie sabe de lo que se trató. El Jueves Santo cae la tarde sin que a nadie se le ocurra prender las luces, y como no hay mayor plan que ver televisión, la oscuridad se va tomando la casa mientras en la pantalla salen esas películas repetidas, que encima son eternas.

Pregunto: ¿cambia en algo la fe de las personas si en vez de pasar películas de los años 70 sobre los diez mandamientos o la vida de Jesús los canales emiten programas más entretenidos? Entre otras cosas, porque ya sabemos en qué acaban: al final, y espero no estarle dañando la trama a nadie, al protagonista lo crucifican y se muere, y en un extraño giro repentino resucita y sube al cielo.

Mi cruzada es por una religión menos aburrida. Hace un par de semanas descarté el paseo familiar a finca por encontrarlo infernal, y a cambio pensé en la bendición que podía ser quedarse en Bogotá. Me arrepiento. El viernes por la tarde siempre llueve. No hay fútbol. El periódico es flaco. No transmiten La W. Y a uno le dan ganas de agarrar un avión a cualquier parte, pero las aerolíneas cierran porque no hay monjas disponibles. Y, como decía un amigo, avión sin monja no sube.
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