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CARTA AL NIÑO DIOS

Por: Daniel Samper Ospina15/4/2010 00:00:00
Debo empezar confesándote una cosa: más de una vez he tratado de hablar sin ofender a nadie, pero pocas veces lo he logrado. A lo largo del tiempo que llevo escribiendo esta columna, no me he aguantado la tentación de herir a más de una persona por el simple hecho de dármelas de gracioso. Le he dicho lagarto a Saulo Arboleda y lora a Martha Lucía Ramírez; he comparado con un cerdo a Junior Turbay; relacioné la papada de un sapo con la de Valencia Cossio. Y la verdad es que, ahora que lo medito en estas fechas de reconciliación, creo que no había necesidad alguna de ser ofensivo con todos esos animales.
Me he vuelto muy destructivo, hijo putativo, como te dicen con hiriente vulgaridad en las novenas, y me duele reconocer en mí a ese niño que fui, conmovedoramente inmaduro, que no paraba de decir tonterías: parecido, para que me entiendas, a José Obdulio, aunque mejor comportado. Pero, en fin: me convertí en esto. Tenía razón el filósofo que decía que el hombre es lobo para el hombre. Sobre todo, agregaría yo, si ha nacido en Pereira. Reconozco con asco que me he vuelto un caníbal. Por culpa de esa tendencia a la ofensa que me sale cuando escribo he sido injusto: he calificado de ignorante a más de un congresista costeño que, si supiera leer, seguramente se habría molestado; me he metido innecesariamente con doña Olga Duque de Ospina, doña María de Chávez, y a veces incluso con gente que aún vive, empujado por un impulso irrefrenable que me obliga a ser cruel con personas que no conozco, o, peor aun, que conozco, por el simple hecho de no aguantarme las ganas de hacer un comentario afilado.
A veces me arrepiento, debo decirlo; pero cuando veo las fotos de las páginas sociales suele pasar que la culpa se me desvanece un poco. Y todo es porque soy, lo reconozco, un resentido.
Cargado de culpa, por eso, en esta Navidad no quiero pedirte nada para mí. No me merezco ningún regalo. Pero, para que veas mi nobleza, voy a pedir para los otros, inspirado en las necesidades que he visto que tienen según lo he constatado en las revistas.
Quiero pedirte un solo par de gafas para salir de dos regalos: el de Gina Parody y el de La Gata; un cuello inflable que evita desgonzadas cuando uno duerme en sitios incómodos, porque me preocupa la tortícolis del ministro Holguín; un libro de poemas de doña Amparo Canal de Turbay para regalárselo a Alberto Casas, que aprecia la poesía profunda; un vestido que no sea morado oscuro para el teniente Pinchao, por si lo vuelven a invitar a una frijolada; el vestido morado oscuro que deja Pinchao para dárselo a Poncho con la ilusión de que mejore sus pintas; un palillo para Dilian Francisca, porque el hábito de hacerse aseo dental con la lengua es admirable pero ruidoso; un tratamiento de botox para la ceja que levanta Armandito cada vez que ve una cámara; fotos de Rafael Mora y Christian Toro disfrazados de hippies para que quien quiera pueda tenerlas en la billetera; unas medias gruesas para que Juan del Mar se las pueda meter en la punta de la tanga dorada que a veces usa; un vestido de baño moderno, o por lo menos no tan viejo, o que al menos no dé el efecto de que tiene pañales, para Salvo Basile; un liki liki como el de Gabo, aunque me conformo con el de Pedro Ruano, para que lo use Diana Neira, en el muy probable caso de que se gane el Nobel por sus extraorinarios libros de protocolo; unos pantalones largos para Juan Gossaín; una lechona para Kendon; un Kendon para una lechona; un osito de peluche para que Karen Martínez lo abrace como a Gabriela Febres en el último número de esta revista (y que conste que las dos me caen muy bien); un disfraz de Fanny Mickey (o de Drag queen) para Camilo Villegas; un pareo de piel de tigre para Hernán Zajar y otro de piel de Zajar para Lolo; un bono para que todos ellos vayan a Cartagena, y otro para que yo no pueda ir.
No sería más, querido Niño Dios: quizás que me mejores, que me vuelvas constructivo, o al menos constructor, como Pedro Gómez, para ganar más plata. El país también tiene buenas noticias como para ensañarse en las pequeñeces de la alta sociedad. Regresó Fanny Kertzman lo más de chusca; en este auge del cine colombiano quizás alguien lleve a cine el gran libro del general Gilibert, Madame Taconcitos. En fin: no todo es malo.
Para terminar, quiero darte un consejo: tú, que andas en prendas menores, y eres monito, y tienes bucles, cuando bajes a Colombia ten cuidado con algunos curas que rondan por aquí. Uno nunca sabe. •

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