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Busco kinder para mis hijas

Daniel Samper Ospina
Por: 15/4/2010 00:00:00
Acaba de pasar el Día del Padre y por primera vez me siento como tal: como dice Antonio Sanint, llego a la casa y pregunto quién dejó las luces prendidas; en paseos a fincas me quedo viendo el paisaje y digo cosas como “qué belleza de vacas”; y cada día que pasa me pongo el pantalón más arriba, en un ascenso gradual que a los 50 años hará que el cinturón roce las tetillas. Cada vez me parezco más a mi papá y menos a mí. Veo peligros por todas partes; cuando paso a mis hijas del carro a la casa les pongo una cobija encima; hablo de cómo eran las cosas en mi época. Ya no hay nada que hacer. Ahora soy un papá.
Y como buen papá, las conversaciones con mis amigos cada vez tratan menos sobre fútbol y mujeres, y más sobre pediatras y niñeras.
Hace poco, sin embargo, encontré un nuevo tema que no me deja dormir: saber a qué colegio meteré a mis hijas.
Todo sucedió cuando un amigo al que llamaré John Table, que estudió conmigo en el Moderno y por lo tanto no habla inglés ni reconocerá que estoy refiriéndome a él, me hizo caer en la cuenta de que he sido un irresponsable frente a la educación de mis hijas.
–¿Cómo así?, me dijo hace poco. –¿Su hija mayor va a cumplir año y medio y todavía no sabe a qué colegio meterla?
–¿Y es que acaso no entran como a los 5 años?
–Sí, pero debe meterla desde ya a un jardín que tenga convenios con un colegio. Si no, olvídese del cupo.
–¿Cuál cupo?
–Pues el cupo para que la acepten en el colegio y pueda pagar el bono, me dijo al borde del desespero.
–¿El bono? –le pregunté. –¿Cuál bono?
–El bono que debe pagar en caso de que reciban a las niñas.
–Yo tengo un bono de 40 mil pesos que me regalaron en Forum Discos –dije con alivio. –Voy a guardarlo para eso.
Desde entonces no duermo. Descubrí lo ridículamente angustioso que es el asunto de los colegios en Bogotá. Ya no es como antes, que uno elegía el colegio. Ahora el colegio lo elije a uno. Hay tal terrorismo y tantos recovecos y tanta plata de por medio, que a ratos uno cree que no está hablando de educación, sino participando en la licitación de La Línea. Los papás tienen que someterse a miedosas entrevistas con rectores; entregar a los niños a pavorosos comités de sicólogos que los evalúan como pollos, y después del calvario pagar con agradecimiento un bono millonario, que es tan voluntario como la excusa que se inventan para dejar por fuera a quienes no lo hayan pagado.
Pero si esa es la realidad, lo mejor es asumirla con la conciencia táctica de mi amigo Table, y encontrar un kinder que sirva de atajo para entrar a un buen colegio.
Con ánimo de que acabaran en el Nueva Granada, visitamos el jardín infantil El Embaracito Precoz. También pasamos por My Little Green Tie, un kinder en que preparan a los niños para que entren al Anglo Colombiano. Con ejercicios lúdicos les enseñan a sentarse en la parte de atrás del carro y hablarles a las muchachas del servicio con distancia. También los meten en unas casas deportivas que se llaman Nelson, Jairo y otros nombres de posibles escoltas que los pequeños contratarán en el futuro.
Averiguamos por cupos en el jardín El Pequeño Borjita, en donde preparan a los alumnos para que ingresen al Instituto Pedagógico Nacional. Al ritmo de divertidas versiones de Mercedes Sossa les enseñan a tirar sus primeras piedras y les dan unas capuchitas divinas con las cuales evitan no sólo los gases lacrimógenos, sino todos los virus que dan ahora.
Fuimos a El Silicio Saltarín, por si nos interesaba que acabaran en el colegio del Opus Dei, Los Cerros. O mejor: por si nos interesaba que Los Cerros acabara con ellas. Incluso averiguamos por un kinder en el que las dejaran listas para entrar al José Joaco, pero nos dijeron que era al contrario: primero deben estudiar en el José Joaco, y después sí en el kinder, que tiene un nivel académico más exigente.
El mundo de los colegios ha cambiado mucho. Hay unos muy buenos, pero no sabemos cuál es el jardín que conduce a ellos porque ellos mismos tienen nombre de jardín: Los Alcaparros, por ejemplo, o Los Nogales. Otros son excelentes, pero tienen nombre de finca, como El Tilatá.
El hecho es que al fin dimos con uno al que tuve que ir la primera vez, pero eso es tema para otra columna. Todo ha cambiado. En el segundo Día del Padre de mi vida, veo, ahora sí, que me entraron los años. Y creo que de esta nadie puede salvarme. •
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