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BUSCANDO CLUB SOCIAL

Por: 15/4/2010 00:00:00
Quise buscar la habilitación social de mi familia y decidí ingresar a un club social bogotano. Pretensioso, como soy, fui directo al Country.
-¿Y el señor tiene hijos? -me dijo el tipo que me atendió.
-Sí, esas dos niñas que están atrás.
-¿Y la señora que está con ellas es su esposa?
-No -respondí tranquilo-. Es la niñera.
-¿Y ustedes permiten que se vista así, de civil?
-Sí, sí -respondí confundido-. Pero si lo requiere el club, puedo pedirle a mi esposa que le preste ropa: unos jeans rotos con esas camisetas raídas que a veces usa, por ejemplo.
-Acá, querido señor -me dijo impávido-, las enfermeras deben entrar de blanco. Es la norma.
-¿Pero siempre, o sólo cuando van a jugar tenis? -le pregunté lleno de inocencia.
-La sede, señor -me dijo con un brillo de rabia en los ojos-, no puede ser usada por el servicio…
-Bueno: ella es buena justamente para eso, para el servicio, aunque también sabe subir a la malla.
-No, no me entiende el señor -me dijo-. Este es un club exclusivo.
Exclusivo o excluyente, que es lo mismo. Sin embargo, soñaba con que mis hijas pudieran decir con naturalidad esas frases que decían mis amigos de calendario B mientras a mí me invadía un preocupante complejo de inferioridad. Frases como echémonos un turco esta tarde; camine y jugamos cacho en la taberna; Miranda, tráiganos otra picada. No quería que ellas fueran el invitado que fui, al que le firmaban la entrada bajo la humillante verificación de un celador; que aprendió a nadar tarde y sin estilo, y que no tuvo dónde conocer gente del Nueva Granada o del Anglo, que es tan play.
El señor quedó en llamar, pero nunca apareció.
Descorazonado, fui a Los Lagartos, que es el Country de los que no clasificaron. Que un club se llame los lagartos me pareció redundante. Los socios allá son matrimonios jóvenes, señoras de 40 años que se pasean en faldita de tenis por toda la sede. No será gente del Nueva Granada ni del Anglo, pero sí del Helvetia, que no es del todo malo.
Me dijeron que era indispensable saber si mi abuelo o mi papá habían sido miembros del club. Una vez, les comenté, mi papá casi entra al club de suscriptores de El Tiempo. No lo consiguió porque no tenía suscripción, pero estudiaron su caso a fondo.
Me rechazaron. Comencé un periplo agotador. Fui descendiendo en la espiral de los clubes, en una debacle lenta y dolorosa: acabé pidiendo entrada en sitios como Los Arrayanes, el Serrezuela, el San Andrés: clubes borrosos, en los que uno no conoce a nadie y que tienen ex alumnos del San George o del Abraham Lincoln: gentecita que será de calendario B, pero a la que le falta mucho para cometer un buen desfalco en un cargo financiero importante, por ejemplo. Llegan por mucho a jefes de personal.
Pero no logré nada. Descarté de plano el Polo y otros parecidos: como buenos equitadores, sus socios hacen mercado y van a cine en bridges y botas, y creo que por cosas como esas es que hay guerra.
Entonces procuré aceptación en un club más urbano. Descarté el Gun y el Jockey porque no dejan entrar mujeres: y para hacer parte de un club homosexual prefiero ingresar a otro en el que al menos no haya tanto viejo bogotano hediondo a whiskey, que discute de política en voz alta. De modo que me decidí por el Metropolitan.
Se me había olvidado que aquel es un club de tanta alcurnia, que se reservan el derecho de admisión de quienes no usan corbata. Como yo me la pongo sólo en ocasiones muy especiales, como cuando logro terminar una columna de Fernando Londoño, por ejemplo, acabaron remitiéndome a un escritorio en el que me prestaron la misma corbata de arabescos tornasolados y con sedimentos de sopa que hace unos años tuve que anudarme para que me dejaran entrar. Cuando me vi a mí mismo allí, ante este señor que me insistía que no me la podía quitar, todo se me vino abajo. Sentí demasiada presión. Supuse que mi armario no iba a estar a la altura del club. Y ante el menor descuido, huí, con la corbata puesta: la tengo acá conmigo, y hace poco me la puse para ir a un matrimonio muy elegante.
Cuando estaba a punto de rendirme, descubrí el Automóvil Club de Colombia. Llamé. No me hicieron una indagatoria, no me pidieron árbol genealógico, ni certificado de ingresos, ni nada. Fueron muy amables. Me afilié enseguida. No veo la hora de que mis hijas crezcan en medio de esos hermosos carros amarillos que tienen algo de poesía cuando uno ve que avanzan sin temor bajo la lluvia. •


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